Perder el juicio (2024)
Ariana Harwicz (1977)
Anagrama editores
ISBN 978-84-339-2405-6
136 páginas
En Perder el juicio, Ariana Harwicz construye una narración fragmentada y elíptica sobre dos instituciones: la justicia y la maternidad.
En el inicio del libro nos enteramos que la protagonista, una mujer argentina que vive en Francia, ha perdido en un juicio la custodia de sus dos hijos pequeños en manos del padre, por motivos que jamás llegan a explicitarse con claridad; sí vislumbramos, por medio de esta narradora en primera persona, su inestabilidad psicológica, su rabia contra el despojo que acaba de sufrir, su extranjería en un país que no es el suyo, que la deja permanentemente fuera de los márgenes sociales, y toda la rabia que experimenta, en suma, su escape hacia afuera de la sociedad.
“En la sentencia mi HLM es demasiado angosta, un pasillo con pocas aberturas para conservar el calor. En la sentencia mi casa está venida a menos, inhabilitada para recibir a los hermanos, solo verlos una vez al mes en un lugar mediatizado, menos que las familias de los terroristas. Un lugar neutro desde el que puedo ver al padre fumar un cigarrito tras otro durante el encuentro”.
La novela prontamente escapa, junto con su narradora, robándose a sus propios hijos y emprendiendo una fuga que no es solo física, sino que social. El sistema judicial francés, que ha declarado a esta mujer como no apta para ser madre, consigue que la fuga no sea solo por los hijos sino que del sistema todo. Y acá viene lo interesante y propio Ariana Harwicz: la madre no es, en ningún caso, una madre ejemplar. Ella no roba a sus hijos por el amor que les tiene, ni porque no soporte perderlos desde un plano afectivo. Por el contrario, lo que consigue es arrastrarlos por la Francia periférica, sin cuidado, saltando por hoteles de mala muerte, comiendo mal y durmiendo peor, sucios, sin descanso, mientras avanza por rutas secundarias. No hay ninguna ternura visible entre ellos. No es como que la madre los haya “recuperado” por fin. Los niños son, al mismo tiempo, un trofeo y una carga. Es como si se los hubiera robado tanto al padre como al Estado, en un escape que tiene más de desquiciado y de despojo que de reconstrucción de una familia.
Pero eso no es todo: el padre no es la víctima, ni es un pobre hombre. Si bien parece representar alguna forma de orden —motivo por el cual el sistema francés lo ha preferido ha él sobre la madre—, en lugar de usar los medios que la justicia le da para la persecución, muy pronto se une a su exmujer, y vuelven a mantener una relación tensada por una sexualidad nerviosa, compulsiva y repleta de ejercicios de poder; momentos en que los niños, cómo no, no interesan nada, a nadie.
Perder el juicio es una novela brutal, armada desde un despliegue técnico importante, en que habitamos el caos mental de su narradora, habitamos su escape de la sociedad, hacia la inestabilidad, arrastrando a sus hijos con ella, escapando del exmarido y del Estado. Harwicz pareciera proponer, tal como lo ha hecho en sus libros anteriores, una suerte de colapso del simulacro social: el juicio, la casa en llamas, la nacionalidad como forma permanente de ser extranjero, de no-estar en el territorio correcto, de no ser jamás suficientemente apto o adecuado. La sexualidad también se vuelve una forma de renuncia, como un paso sin remordimientos hacia lo abyecto, en esta pareja construida en una lógica de violencia emocional. Es una novela sin redenciones, con una mirada feroz sobre la maternidad y sobre las estructuras sociales que la sustentan.
