La calidad del ojo aguda la mirada
desbordes del territorio en “Que del bosque los abrojos“ de Carmen Berneguer.
Por Clara Quero F.
El libro póstumo de Carmen Berenguer, se nos presenta como un conjunto que escapa a las clasificaciones, voces surgen en su escritura para decir lo que el ojo ve, desde un lugar que la autora siempre ha arraigado a su obra, los sectores que han sido marginados de un sistema neoliberal, la desigualdad que se sostiene en el silencio del espectador y que hoy nos habla nuevamente a través de su trabajo escritural.
El hecho de que la autora dedique este texto a su hijo y que ella ya no esté presente en forma física, pero sí presente en la memoria de su escritura, me mueve a pensar esta nueva publicación como un brote de posibilidades, de su voz y de su ojo agudo transitando por los territorios de un Chile en un tono testimonial, algo similar a lo que escribe Guadalupe Santa Cruz cuando nos señala nunca nadie tuvo nada sino su voz.
La transformación de la geografía se arraiga al cuerpo de quien escribe, las espinas que Darío nombra en uno de los epígrafes del libro que toma la autora, son el reflejo de que este trabajo de escritura sigue siendo punzante, doloroso y sentido, como todos los libros que ella publicó donde la dictadura y la posterior democracia del país se retratan desde su observación crítica.
Las visiones de la ciudad se abren a la era digital, el espectador de la pantalla, donde se duermen los impulsos, toma los acontecimientos y los enmarca en versos al estilo de una crónica, los sucesos que mutaron al país en el 2019 vuelven a tomar relevancia, la deriva de las nubes se acentúan como espectadoras de lo que aún enluta al estallido social, en nuestra memoria colectiva, y que vuelve a interrogarnos desde el espacio de espectadores en el que transitamos.
“todo lo que hicieron
todo lo que cantaron
toda la música
lágrimas ríos ríos
triste triste tiempo aquel“
Los brotes oscuros que vivimos en la pandemia, posterior al estallido, y que nos obligaron al silencio, se integran también en el transito de la voz que despoja su desastre y se entrega al sonido de la naturaleza “si no fuera por estos brotes de vida“ señalan los versos, como un espacio que se resiste a un acontecer sombrío que marcó también a nuestro territorio.
El paisaje emerge como forma de pensamiento, la cordillera “se escurre“ como símbolo patrio, aluviones despojan la calma nortina, danzas existenciales se albergan en el testimonio que se funde con los derrumbes.
Las huellas de la historia se sitúan en la palabra y es ese ejercicio de escritura de la autora el que permanece, son las fracturas del paisaje, las fracturas del cuerpo de quien habita, es el texto siempre un cuerpo testimonial que se refleja en los vestigios del adobe, el encuentro con las grietas, las fotografías como registro de que todo toma un nuevo curso y brota nuevamente como otro paisaje, una voz otra:
y su cuerpo lo vio masacrado llagado perforado su cuero eran puros hoyos de balas ensañado enmarañado de sangre seca por el viento por el tiempo cuerpo desenterrado
El paisaje nunca será neutro, quien lo observa, quien lo escribe, posee una carga histórica, política y simbólica en su forma de nombrar, es un espejo donde mirar(nos). “Que del bosque los abrojos“ apela también a la memoria colectiva, a las posibilidades del decir desde el lenguaje poético a la historia.
Citando a Raquel Olea en su epílogo De sur a norte, Chile comparece como zona de dolor, poder y resistencia trabajo que Berenguer decidió con entereza en toda su trayectoria artística y que reflejó en su posicionamiento político con rebeldía desde la dictadura a nuestros días.
Los ríos de lágrimas y sus cantos en las calles vieron el cuerpo sin manos lloraron buscando sus manos en todos los rincones del país de llanto Lloraron los años en la marcha más larga de Chile en la promesa con lágrimas en los ojos hueco por hueco esquina por esquina
