El viaje de Sebastián Saltimbanco
Hace un par de semanas, revisando uno de mis libreros, di con varias fotocopias anilladas de lecturas de la universidad. Entre el Lingua Latina, La construcción social de la realidad y otros textos de lingüística pillé un manuscrito de una novela: Popurrí del Saltimbanco de Andrés Carimán, una versión, no sé si primera, del libro que hoy nos convoca. La novela me la dio Andrés en Arica o Perú, no recuerdo bien dónde y fue porque me reí tanto con los cómics de Pucky, que tal vez le hizo sentido que su primer lector fuera alguien que gozara tanto el humor absurdo de sus viñetas. Lo cierto es que luego de eso, no sé si pasó mucho tiempo, pero nos juntamos a hablar de su novela, de literatura y escritura y comimos pizza.
Recuerdo y lo digo con culpa, le recomendé a Andrés no publicar la novela. La razón no era la calidad, pues se había ganado un premio importante de literatura joven, sino el contenido. Me pareció que era una novela profunda y abismalmente personal, un ejercicio de mostrar las entrañas hasta el fondo, una exposición casi total, un desnudo trasmitido por televisión. Escribir casi siempre es exhibirnos en una plaza pública en la que pasa poca gente, en la que a veces no pasa nadie o pasan multitudes. Lo que no percibí en su momento o lo que dejé pasar groseramente, es que la novela en sí era un teatro, un juego de máscaras, una frase meme como “el protagonista soy yo, pero si quieres no soy yo”.
Ahora sí entro a esta versión publicada de la novela. En ella iniciamos un viaje por el mundo interior de un personaje construido por múltiples capas narrativas, que, a mí parecer, reflejan la primera gran virtud de Saltimbanco. No solo es la narración secuencial tradicional con una voz que nos va contando sobre Sebastián, sino la mezcla de múltiples objetos que puestos en las páginas de esta novela le dan otros relieves a la historia: desde poemas dadaístas, collages, informes de consultas psicológicas, diagnósticos, sueños, fichas, emojis, páginas de cómics, ilustraciones, juegos. Andrés entiende que cualquier elemento puede narrar y es útil para construir la bitácora de un viaje y llenar este saco de experiencias y registros que nos hablan sobre todo del mundo bullante y poderoso del protagonista.
El mundo interior de Sebastián es tan tridimensional que, en primera instancia, como si fuéramos Dante lanzándonos al infierno en busca de Beatriz, nos acompaña Saltimbanco como un buen Virgilio enseñándonos todos los círculos del infierno. Pero acá el infierno está en la tierra y es un Chile con instituciones que apartan y violentan a quien sea diferente, instituciones brutales que castigan y avasallan. A veces, Sebastián es un caso clínico, otras, alguien que vive entre la vigilia y el sueño, un inventor de juegos junto a su hermana, un lector empedernido de literatura, un actor de una cotidianidad en que Saltimbanco parece un dramaturgo que prepara el telón para que Sebastián salga escena.
A veces Saltimbanco, más que Virgilio acompañándonos en el infierno, parece el conejo blanco de Alicia, que nos lleva a la dimensión más onírica de Sebastián, la cuál me parece el punto más alto del libro. Aquí no solo la realidad en un sentido plástico y imaginativo se retuerce, sino también el lenguaje. Andrés trae a la narración todo lo que su inconsciente asocie a las palabras, desde rimas simples, hasta dichos, refranes, referencias culturales, recuerdos arbitrarios, sonidos guturales, insultos autocensurados.
Antes de cerrar me quiero detener en Hikikomori, uno de los relatos que construye la novela en base al análisis del test de Rorschach. Acercar el mundo de Saltimbanco al de los japoneses que se encierran y son incapaces de salir de sus casas. A los que las exigencias y presión de una sociedad hiperproductiva, conservadora y sancionadora termina colapsando. Creo que las dimensiones de esta novela, todas sus esquinas, calles y recovecos, son el intento de habitar ese encierro y soledad y a la vez construir una puerta. La novela es la habitación, ese lugar seguro que se vuelve inabarcable, que tanto nos angustia como nos cobija. Se puede vivir en la habitación, eso ya lo demostró la pandemia. Y se ha nacido y la vida es bonita. Abrir este libro, esta novela del Andrés para mí ha sido entrar y salir de esa habitación, las dos cosas a la vez. Fue una buena decisión publicar Saltimbanco. Felicidades por este libro, Andrés.
