Florencia Smiths: “La escritura está sucediendo todo el tiempo, en la observación, en la reflexión, en el habitar un cuerpo, una casa, una ciudad”

Florencia Smiths (San Antonio, 1976) es poeta y profesora de Castellano. Ha publicado El margen del cuerpo (2008), La ciudad No (2009), La velocidad de la caída (Ediciones Inubicalistas, 2014), Estética del tajo (Pez Espiral, 2017) y Estudios sobre la distancia (Pez Espiral, 2018). Ha participado en diversas antologías, revistas y festivales, tanto en Chile como en el extranjero (Paraguay, Alemania). Fue invitada a presentar La ciudad No en el festival Poesía y Música <PMIII, 2019>.

 

-¿Cuál es la rutina de Florencia Smiths?, ¿qué peso tiene en ella la escritura?

La escritura para mí es una fuerza, un caudal, una potencia. Es el lugar desde donde elegí —y no—, afrontar el hecho de estar viva (¿despierta?) y las preguntas que eso implica. Una manera de enfocar la realidad, siempre desde la búsqueda, ya sea de conocimiento, de goce, de resistencia, destrucción y transformación. La escritura está sucediendo todo el tiempo, en la observación, en la reflexión, en el habitar un cuerpo, una casa, una ciudad. La asocio a acciones silenciosas que me invaden y sobrepasan. Como es usual, escribo diarios, pero cuando me encuentro en ese momento de exceso de realidad, cuando me extrema, es cuando más aparece (¿o pesa?) una escritura proyectada como un corpus, como un libro. Creo que yo entro en el lenguaje, y esto es para mí una experiencia que acompaña al flujo de la vida (o de la muerte). Es decir, no puedo separar la escritura con el vivir, creo que son dos ejercicios que se potencian el uno con(tra) el otro para poder continuar, y esa experiencia involucra sentidos, percepciones, pensamiento (reflexión), memoria. Si bien estoy conectada con la escritura gran parte del día, hay varios que quisiera también haber tenido la posibilidad de elegir no escribir. Entonces, el no escribir también constituye un tema, una inquietud que me determina.

 

 – Pasamos de forma estrepitosa de un Estallido Social a una pandemia mundial con consecuencias todavía incalculables. ¿Cómo te sientes frente a esta contingencia? ¿Qué lugar le das al libro y a la literatura en este contexto de reclusión?

Me siento expectante, oscilante, ansiosa, dubitativa, escéptica también. A la literatura (hoy) le doy un espacio posterior a bailar y hacer ejercicio, es decir, a la toma de consciencia de esta ocupación y residencia del cuerpo. Si bien, el encierro consolidó a internet como el gran medio a través del cual mantenerse conectado y activo (ya sea enseñando o aprendiendo), no dejo de mirarlo con sospecha. La espectacularización de los aprendizajes y destrezas, en este contexto, también vino a reafirmar, al parecer, cierta identidad. Una especie de “hago luego existo”, y eso me inquieta, quizás, incomoda, aunque en realidad cuestiono más que nada el uso que se le da a la tecnología, no a lxs creadores. A la vez, también siento abrumadora la cantidad de información que circula. Debido a eso, me cuesta decidir qué es o podría ser interesante, o desde qué lugares o verdades, si se quiere, nos estamos construyendo. Lo que me deslumbra en cambio, son las comunidades de poetxs o personas creativxs que anteponen el afecto por sobre las lógicas relacionales de mercado, por ejemplo, la comunidad LGBTIQA+ o disidencias sexuales, y el pueblo nación Mapuche. Es innegable que su puesta en cuestión del idioma, de la palabra y del cuerpo como eje central de disputa (de espacios, saberes), de sentido crítico y configuración de mundo desde lo político, es una certeza que admiro profundamente y de la cual me siento  aprendiz y observadora. Veo una articulación de aquello en Roxana Miranda, Sebastián Calfuqueo, Kutral Vargas Huaiquimilla, Waikil (rap Mapuche), Fernanda Meza, Victoria Flores, Máximo Caín, Teodora Inostroza, Naomi Orellana, Caro Castro, Zaida González, entre otres.

El lugar que adquiere la literatura en este contexto de reclusión pienso que es fundamental, porque tiene que ver también con que tuvimos tiempo para estar solxs —quienes pudimos—, y en esa estadía estuvimos prestos a escuchar nuestras voces internas o las de quienes estaban cerca, entonces, tuvimos que escucharnos dentro de esa incertidumbre y fractura con que la muerte golpeó nuestra realidad. A partir de ahí, creo, tuvimos que poner oído/ojo a lo que nos estábamos contando de nuestra vida y ahí puede que se haya reconfigurado el mito o el relato propio, al preguntarnos, gracias a la interrupción del devenir por el desastre, si ese diálogo corría por el camino acorde a lo deseado/proyectado, o no. Por ejemplo, se dio el caso en que algunxs tuvieron que volver a sus casas de infancia, entonces, la pregunta por el origen y la familia fue ineludible.  En mi caso, la literatura se presentó de una forma nueva, tuve la oportunidad de trabajar de mueblista (construyendo muebles Montessori mayormente para niñes, aunque también para adultxs), en plena cuarentena. Otra gran experiencia fue la de crear y grabar un tema con Dead Kifafis, un dúo de San Antonio que es de lo mejor que ha aparecido en esta ciudad luego de octubre 2019. Es conocida la corrupción y miseria en la que se ha mantenido a este pueblo, no sólo desde los gobiernos concertacionistas, sino desde mucho antes, contexto que enmarca nuestras vidas y contradicciones cotidianas y al menos, se convierte en el germen a partir del cual emerge la creatividad y la palabra en todas sus formas, sonidos e imágenes. Desde allí nace Dead Kifafis, un dúo compuesto por Mati Red y Niñx Jesús, que mezcla ritmos diversos, poesía, estéticas y lenguajes que los hace definirse no como músicos urbanos sino como escritores urbanos. Editaron su primer álbum el 2021 llamado Los inmortales del género. Con ellos grabamos “Poétika”, en una primera toma (como se suele hacer hoy), algo nuevo y también super motivante para mí, ya que no había nada muy preconcebido. Cada unx eligió un texto (en mi caso, un poema de Estudios sobre la distancia -2018), Mati tiró una pista y así en muy poco tiempo se construyó esta propuesta. Luego vino la grabación del video en locaciones del día a día para nosotrxs, como la subestación San Antonio (al lado del nuevo acceso al puerto) y la Ribera del Río Maipo, lugares significativos no sólo porque están cerca de nuestros hogares sino porque también tienen una carga simbólica importante. Ambas experiencias me abrieron mundos posibles y las agradezco.

 

 – Tus primeros tres libros reunidos en Estética del tajo mantienen una cohesión que pareciera un solo libro escrito en diferentes momentos. ¿Crees que cada uno de esos tres libros son una Florencia distinta o una sola escritura obedeciendo a una misma pulsión?

No lo sé. Escribo porque desde muy temprano lo quise, lo busqué, se manifestó así, y también para saber (más o menos mal) desde qué lugar del mundo o de la realidad estoy habitando, viviendo esto que me tocó ser. Pensando en todo caso, en esos tres primeros libros, creo que sí puede haber cierta pulsión unánime a todos, que es la del dar cuenta de un lenguaje/escritura puesta en crisis o deseo/urgencia de registrar y explorar esa fuerza que me llevó a escribir hasta un punto en que, por supuesto, aparece lo impensado, lo inesperado, quizás, lo que no se conoce, no se sabe, ni siquiera se imagina. Y sobre los temas de los que, creo, seguiré escribiendo mientras viva (como la muerte, la infancia y el deseo). Pero más que eso también me interesa, desde que exploro el lenguaje, el acto mismo de escribir, el hecho de disponer de un cuerpo, una porción de tiempo y espacio, para poder hacerlo, y por qué no puedo ni concebir dejar de hacerlo. Todo lo que cruza esa búsqueda tiene que ver con lo que cruza transversalmente mi cuerpo, sobre todo preguntas, incertezas y dudas. Eso lo he venido entendiendo desde hace muy poco. Tampoco sé qué tan consciente lo estoy respondiendo.

– Tu escritura privilegia y conecta directamente con el cuerpo, transitando por una incisión que nunca termina de cicatrizar. ¿Cómo conectas este mirar corporal con la grafía? ¿Es la poesía una forma de hablar de la herida?

Conocí la danza clásica desde niña, cruzada por la fractura de la muerte y mientras experimentaba el deseo infantil. Todo esto me marcó tanto que, cuando la vida se interrumpió, se paralizó, no lo pensé demasiado y me aferré a la escritura. Solo lo hice. Aquí es cuando el registro de los diarios (de vida) dio un giro del que me percaté muchos años después. De más vieja he podido ir entendiendo que la poesía fue una nueva forma de respirar, o más bien, de seguir viva. Pero ha sido un proceso lento, si se quiere, inconsciente. Más que teorizar sobre esto, que se ha hablado ya tanto (la incisión, el corte, la herida), me interesa experimentar. Crear. Saber qué hay más allá y más adentro. Tampoco puedo omitir el placer físico que me provoca hacerlo.

 

– Tu último libro Estudios sobre la distancia se desplaza un poco del yo hacia la mirada, la imagen externa adquiere más importancia, pero sigue reverberando la corporalidad. ¿Es imposible desanclarse de la carne en la escritura?, ¿es la mirada una forma indirecta de hablar de un sentir?

Me cuesta mucho hablar de mis libros (a riesgo de sonar arrogante). No me considero una intelectual desde el prisma académico, porque bueno, no es mi mundo. Pero, creo que me acerco más a ser una exploradora de lenguaje(s). La música juega un papel fundamental en mis búsquedas, la dimensión socio política también permea los mapas que voy trazando, junto con eso que yo llamo la sustancia de la vida, la consistencia. Si tuviera que referenciar esta escritura o mirada, diría que el Feminismo y ciertas autoras (latinoamericanas y no) me han dado mucho, sobre todo en el intento de romper géneros, el prisma binario, y el atrever a encontrar-se en el descarrilamiento, en el exceso o el desborde.

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