El arte de la crueldad (Maggie Nelson)

El arte de la crueldad

Maggie Nelson (1973)

Tres Puntos Ediciones

ISBN: 978-84-17348-14-4

304 páginas

 

Maggie Nelson es una autora y académica que acostumbra a pendular entre la no ficción, la crítica de arte y la teoría. A Chile ha llegado traducida por Tres Puntos Ediciones anteriormente con Los Argonautas, y ha recibido reconocimiento transversal por su ensayo breve sobre su fijación con el color azul, titulado Bluets.

El arte de la crueldad es un ensayo que da cuenta de la relación —a veces feliz, a veces tortuosa— entre la crueldad existente en el mundo y su representación en las distintas formas artísticas, no solo en la literatura, sino que en la performance, en el teatro, en el cine, la pintura, etc. Este ensayo es un libro que, en palabras de su propia autora, «Se pregunta si, ahora que en teoría habitamos un paisaje político y de ocio cada vez más saturado de imágenes –y noticias de tortura, sadismo e interminables contiendas—, existen ciertos aspectos o detalles del supuesto arte de la crueldad —como suponía el insigne dramaturgo y loco francés Antonin Artaud— que sigan siendo salvajes y loables.» (pág. 14) Asimismo, se plantea sobre la preocupación sobre los efectos éticos o incluso espirituales de meditar sobre la crueldad como tema.

Es decir, a Nelson le preocupa no solo cómo la crueldad ha sido representada en nuestras diferentes formas artísticas, sino que además busca dilucidar si la contemplación de dicha representación nos hace más humanos o más crueles, o si la reiteración de la maldad nos lleva a consentirla en algún grado. Es, como hipótesis, un postulado dificilísimo de cerrar conclusivamente y Nelson no pretende lo contrario.

De esta manera, la autora hace un repaso extenso por las distintas maneras en que en el arte la crueldad ha sido representada. Para ello escoge los ejemplos que le parecen más notables y consigue hacer un repaso bastante amplio de sus posibilidades. Sus análisis de cada caso, además, denotan a una autora sumamente inteligente y sensible a las razones expuestas y especialmente cómo la existencia o ausencia de crueldad —según sea el caso e estudio— afectaría al valor de la obra:

“A menudo me encontré recordándoles que la pieza a considerar no estaba siendo juzgada, que absolverla de crueldad no le iba  a dar ningún sello de aprobación y que, a la inversa, encontrarla culpable no la condenaría. A fin de cuentas, el razonamiento implícito detrás de tales argumentos es que el arte tiene más valor cuando su creador o su «mensaje» final pueden ser de algún modo neutralizados hacia lo benévolo, o por lo menos interpretado como crítica de lo cruel, o si se puede probar de manera satisfactoria que su creador no estaba contaminado por ningún impulso sádico ni narcisista. No solo este criterio descalificaría buena parte del arte más interesante del mundo, sino que también es, al fin y al cabo, tan fundamentalmente arbitrario como cualquier otro criterio» (págs. 131, 132).

Maggie Nelson no solo es un autora erudita e inteligentísima, sino que al mismo tiempo consigue ser —cosa no menor— una autora sumamente entretenida y pop, una autora que no solo se da el tiempo de consignar ejemplos de formas de arte tradicionales sino que incluso revisa una serie de realities shows que en su momento fueron visto en televisión abierta o por cable sin ningún escándalo mayor pero que pueden son un excelente ejemplo de la crueldad y tortura televisada y naturalizada como una forma de entretención perfectamente corriente y legítima.

No solo eso, sino que Nelson además es capaz de mantener, en todo momento, una lectura de género de las distintas formas artísticas, y aquí con el sesgo de esta página literaria, destacamos el enunciado que ella misma hace sobre escritoras que destacan en su manejo y reproducción de la crueldad, y que fácilmente echan por tierra la errónea idea de que las mujeres escriben con una sensibilidad debilucha, “mujeril”, tal como se ha pretendido erróneamente instalar por tantos años.

«Quizás porque encuentro que la prosa de escritoras como Jean Rhys, Anne Carson, Lydia Davis, Marguerite Duras, Annie Dillard, Joan Didion, Octavia Butler, Eileen Myles y las de su calaña sea más feroz en forma y efecto a menudo que sus contrapartes masculinas, dedsde Ernest Hemingway a Raymond Carver, la costumbre de la historia literaria occidental de alinear a los hombres con el rigor duro y a las mujeres con una borrosa «escritura femenina» (o, de manera análoga, la tradición de la historia del arte occidental de alinear a los hombres con la firmeza muscular de línea y a las mujeres con una calidad amorfa y dispersa del color) siempre me ha parecido rara: más una prescripción o una fantasía que una descripción o una observación.» (página 232)

Maggie Nelson es una crítica cultural más que literaria o artística. Y no cualquier crítica cultural sino que una de calado mayor. Uno puede o no estar de acuerdo con sus observaciones sobre el manejo y la representación de la crueldad que elige y desarrolla en su texto, pero siempre resulta incómoda, controversial incluso, perspicaz siempre. Nadie puede transitar con liviandad con un texto como este, que elige los ejemplos más cruentos que consiguen, de manera directa, representar nuestra propia sociedad y la manera en que nos regocijamos, muchas veces, con las diferentes maneras en que en nuestra vida consiente la crueldad.

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