“La Gran Ciudad” de Omar Saavedra Santis: ilustración y literatura como práctica de emancipación

“La Gran Ciudad” de Omar Saavedra Santis:

ilustración y literatura como práctica de emancipación

 

Por Carlos Alexis Hernández

 

A Omar Saavedra Santis, querido maestro y amigo. Entrego
estas insuficientes anotaciones que no le hacen justicia a la talla
de tu obra. Que sirvan al menos de acercamiento a los legos que
tan distantes permanecen de ella, y a quienes no han amado
la gaya ciencia como tú supiste hacerlo. In memoriam

 

 

Son de conocimiento público los crímenes cometidos durante la dictadura militar chilena: secuestros, torturas, asesinatos, cuerpos mutilados arrojados a la intemperie, represión, exilio, censura, la implementación de un modelo económico salvajemente inequitativo, etc. En este escenario, no insistiremos acá en entregar al lector datos concretos, nombres o cifras, sobre tales modalidades criminales ya sobradamente conocidas, las que por lo demás hemos desplegado en extenso en los capítulos anteriores. Nos interesa, en cambio, explorar los sentidos que comporta la experiencia literaria en un proscenio histórico constreñido por la ignorancia. Asimismo, inquirir en las políticas culturales que buscaron remendar dicha ignorancia en un momento breve de nuestra historia, concretamente durante el gobierno de la Unidad Popular. Y por último, desplegar una reflexión sobre los mecanismos instalados por la dictadura pinochetista para revertir las conquistas culturales alcanzadas durante el mandato del presidente Salvador Allende. En este sentido, consideramos que el objeto cultural idóneo que engarza estos aspectos es la novela La Gran Ciudad (una novelita finisecular de agitación y propaganda) (2014) de Omar Saavedra Santis[1], sobre la cual propondremos una lectura vinculada a cómo en ésta se sistematiza un proyecto cultural cimentado en los ideales de la ilustración, manifestados en la literatura como práctica de emancipación.

El proyecto central de La Gran Ciudad se sustenta en una perspectiva sobre el saber y la cultura que nos parece compatible con lo que formulara Immanuel Kant en “Contestación a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?”, a propósito de la situación del hombre frente a un poder que lo sojuzga y cómo aquél debe
hacer uso de su propio entendimiento, sin la conducción de otro, para superar la minoría de edad. En efecto, al enfrentarnos al enunciado literario de Saavedra Santis corroboramos que los sujetos representados, como Pancho Benavente, Samuel y Marcelo Leyva, así como la enorme masa anónima proletaria, son sujetos que, en un estadio determinado de sus vidas, se sitúan en la minoría de edad a la que alude Kant[2]. Caso distinto es el de Oliverio Sotomayor y Federico Neublatt, individuos ilustrados sin duda, “mayores de edad” en la jerga kantiana, quienes experimentan el llamado de la advocación: en el nuevo gobierno de la Alianza Popular[3] serán los responsables, primero Sotomayor y posteriormente Neublatt como su lugarteniente, de propalar la literatura universal en el pueblo sometido a una nescientia secular, de la que se verá liberado sólo por medio del acceso al libro como bien humanitario. En este marco, irrumpirán fuerzas que intentarán por todos los medios frenar estas conquistas, lo que en definitiva desembocará en el derrocamiento del proyecto cultural de la Alianza Popular, la persecución y castigo de los mecenas, pero por sobre todo la instalación de una modalidad de concebir el saber que restituye a los poderes hegemónicos el control de las mentes del pueblo.

Bajo esta lógica, intentaremos desplegar desde ahora un examen de La Gran Ciudad que obedecerá al siguiente desglose: el descentramiento, humano y espacial, de la revolución cultural; el despliegue de una perspectiva poética que concibe la literatura como arma e instrumento emancipador; y el contraataque de la prensa desestabilizadora. Consideramos que estos ejes de análisis posibilitan un abordaje, en la novela, de las dimensiones históricas que alcanzó el movimiento cultural durante el gobierno de Allende, así como también facilitan la aprehensión de las modalidades coercitivas que los agentes represores institucionalizaron en la fase dictatorial para avasallar la difusión cultural alcanzada con la Unidad Popular, instalando una perspectiva unívoca de concebir la realidad.

Antes de ingresar propiamente al examen de la novela de Saavedra Santis, nos parece pertinente recuperar algunos aspectos relevantes para conformar el panorama histórico-cultural chileno del que La Gran Ciudad da cuenta. En 1939, en su libro La Realidad Médico-Social Chilena, Salvador Allende grababa una crudísima realidad: “Cuatrocientos mil niños no concurren anualmente a ninguna Escuela, lo que representa el 42% de la población en edad escolar. Tenemos seiscientos mil jóvenes analfabetos” (Allende 4). Seguramente, el conocimiento de esta realidad, considerando que para 1970 estos niños y jóvenes eran ya adultos, fue lo que motivó el impulso cultural sin precedentes que llevó a cabo la Unidad Popular mientras administró el poder en el país. Por otra parte, en el Programa Básico de gobierno de la Unidad Popular (1969), se enuncia de manera explícita la relevancia que tendrá en la gestión del gobierno la promoción de la cultura en todas sus aristas: “Las transformaciones que se emprenderán requieren de un pueblo socialmente consciente y solidario, educado para ejercer y defender su poder político, apto científica y técnicamente para desarrollar la economía de transición al socialismo abierto masivamente a la creación y goce de las más variadas manifestaciones del arte y del intelecto” (Programa 28). Luego agregará:

Porque la cultura nueva no se creará por decreto; ella surgirá de la lucha por la fraternidad contra el individualismo; por la valoración del trabajo humano contra su desprecio; por los valores nacionales contra la colonización cultural; por el acceso de las masas populares al arte, la literatura y los medios de comunicación contra su comercialización. El nuevo Estado procurará la incorporación de las masas a la actividad intelectual y artística, tanto a través de un sistema educacional radicalmente transformado, como a través del establecimiento de un sistema nacional de cultura popular. Una extensa red de Centros Locales de Cultura Popular impulsará la organización de las masas para ejercer su derecho a la cultura (28).

En este sentido, es perfectamente coherente con el Programa… la preocupación por la cultura en dos de “Las primeras 40 medidas del gobierno popular”: “13. EL NIÑO NACE PARA SER FELIZ. Daremos matrícula completamente gratuita, libros, cuadernos y útiles escolares sin costo, para todos los niños de la enseñanza básica (…). 40. CREACIÓN DEL INSTITUTO NACIONAL DEL ARTE Y LA CULTURA. Crearemos el Instituto Nacional del Arte y la Cultura y escuelas de formación artística en todas las comunas” (sic) (Lawner 398-401). En este marco de difusión cultural surge la Editorial Nacional Quimantú (“Sol del saber”), la que es el resultado de la compra por parte del Estado de la antigua Editorial Zig-Zag, la cual por problemas de sueldos con sus trabajadores es finalmente cedida al Estado el 12 de febrero de 1971. En palabras de Allende, y así lo hace constar César Albornoz, el objetivo de Quimantú será: “Desde nuestro punto de vista, el paso que hemos dado significa el inicio de una nueva etapa en la difusión de la cultura en nuestro país. La nueva Editorial del Estado contribuirá eficazmente a la tarea de proveer a los estudiantes chilenos de sus textos de estudios, de promover la literatura nuestra y de permitir que el libro sea un bien que esté al alcance de todos los chilenos” (Albornoz 154). Ligado a esto, la preocupación por la cultura como bien humanitario es parte esencial del proyecto y así lo enfatiza también Albornoz: “…había que combatir las librerías cerradas a la hora que se sale del trabajo, los altos precios de los libros, los bajos tirajes, el poco conocimiento de los valores literarios nacionales y – lo más esencial – el concepto de libro como mercancía” (156). Nos parece especialmente importante destacar este aspecto, pues, como hemos anotado previamente, La Gran Ciudad postula en su extenso andamiaje narrativo la existencia de sujetos cuyo acceso al saber literario es prácticamente nulo (valga como ejemplo la lectura predilecta de Pancho Benavente, futuro Ministro de Arte y Cultura, quien se solaza en la degustación literaria de Corín Tellado). Desde este punto de vista, la salida del hombre de la minoría de edad se estabiliza en los ejes de una concepción humanitaria del saber, en el que éste es accesible para las grandes masas y cuyos difusores, los “jóvenes libros[4]”, ejecutan el trabajo ad honorem porque así se ha concebido en el proyecto de las Bibliotecas Populares desde su germinación. Esta concepción pareciera materializarse también en lo que señala Albornoz: “El slogan de los libros de la editorial era: ‘Una llave para abrir cualquier puerta’. La culturización del pueblo, su acceso efectivo a la cultura, se intentaba a través de la industria editorial. Precios bajos, ediciones numerosas, distribución masiva, todo ello formaba parte del concepto que se intentó generar con Quimantú” (155). Siendo coherentes con la convicción de una difusión desaforada, los ejemplares publicados fueron, para una población de alrededor de diez millones de habitantes a principios de los años setenta, realmente desconcertantes. Así lo ilustra Mario Amorós:

A finales de 1973, [Quimantú] había editado 247 títulos con 12.093.000 ejemplares a precios muy accesibles, 78 de ellos habían sido reeditados, algunos hasta en su quinta edición, y había 26 títulos agotados pendientes de reimpresión. De todos ellos se habían vendido 11.164.000 ejemplares, principalmente a través de los kioscos de prensa (…). Quimantú transformó de manera radical el rol del libro en la sociedad, hasta entonces un bien de lujo, y en aquellos días era frecuente ver a muchos obreros dirigiéndose a su trabajo con un texto de esta editorial en las manos (Amorós 338).

La revisión de las políticas culturales de la Unidad Popular torna factible un primer ingreso a la novela de Saavedra Santis. Las tesis del descentramiento y de una concepción de la literatura como arma de emancipación, adquieren más consistencia a la luz de prácticas orientadas a la difusión del saber y la erradicación de una noción mercantilizadora del libro como mero bien de consumo.

Por otra parte, las medidas de la Unidad Popular concernientes a lo cultural, a nuestro entender, radican en la necesidad de un descentramiento, o en otros términos, de un cambio de administración. En La Gran Ciudad esto se visualiza cuando Pancho Benavente recurre a Oliverio Sotomayor para que asuma la responsabilidad como agente primario de la culturización del pueblo. Éste vendría a ser un primer nivel de descentramiento. El hecho de que el propietario de una tienda en la que se rentan libros pase a convertirse, bajo el nuevo gobierno, en el Director de las Bibliotecas Populares, connota sin duda el énfasis de un descentramiento y sobre éste hay innumerables ejemplos en la novela. No obstante, pretendemos indagar también en una modalidad de descentramiento que trasciende la focalización en el pueblo para situarnos en una territorialidad geográfica. A propósito de la condición del subalterno, John Beverley ha señalado en Subalternidad y representación (2004) que éste “designa una particularidad subordinada, y en un mundo donde las relaciones de poder están espacializadas ello implica que tiene un referente espacial, una forma de territorialidad” (cursivas del autor) (Beverley 23). En efecto, observamos en La Gran Ciudad una reubicación del centro hegemónico en el que la categoría de subalterno procura invertirse, estableciendo un espacio otro en el que el poder se instala en un nuevo centro administrativo. Al respecto asevera Beverley: “Los estudios subalternos tratan sobre el poder, quién lo tiene y quién no, quién lo está ganando y quién lo está perdiendo. El poder está relacionado con la representación: ¿cuáles representaciones tienen autoridad cognitiva o pueden asegurar la hegemonía, cuáles no tienen autoridad o no son hegemónicas?” (23). Bajo esta óptica, la modalidad en que en La Gran Ciudad se consolida el descentramiento cultural y territorial se consigue solamente con la instalación de un nuevo centro de poder, el cual se sintetizará en el nombre del proyecto, “Proyecto Oliva”, y en el establecimiento territorial del mismo, La Gran Ciudad. Analicemos un ejemplo. Cuando el Compañero Presidente interpela a Oliverio respecto del nombre de la medida, “¿[E]l nombre de su proyecto viene de ‘Oliverio’?”, el Director de Bibliotecas Populares se limita a contestar: “Oliva se llama el chofer de Pancho Benavente (…). Fue a él a quien se le ocurrió la idea de contar los libros, como lo hacía su abuelita. En eso consiste todo el proyecto” (Saavedra Santis 92). En este gesto la novela formula toda una teoría sobre lo político, la política y la politización. El PNUD, en su versión de 2015, ha definido aclaraciones decidoras sobre estos tres conceptos. Sobre lo político, afirma que “tiene que ver con el campo de autodeterminación de la sociedad (…). [C]orresponde a aquello que en una sociedad se establece como susceptible de ser decidido colectivamente; ello incluye la definición de quiénes deben participar de las decisiones y cuáles son los mecanismos legítimos para llevarlas a cabo. Lo político, entonces, define aquello que puede ser objeto de deliberación social” (PNUD 53). En efecto, y como se desprende del fragmento que citamos, Oliverio Sotomayor opera como mediador que proyecta las voces populares en el escenario político vigente. Desde esta perspectiva, el Director de Bibliotecas Populares recupera las modalidades de transmisión de los saberes seculares, y desde ahora, en el Gobierno Popular, se contarán las historias al pueblo mediante el dispositivo de la oralidad, dada la ausencia de recursos para adquirir libros. De este modo, la inclusión de las propuestas populares se sitúa en el campo oficial de la política, la que el PNUD definirá como “expresión institucional de lo que en una sociedad determinada, en un momento determinado, se define como parte de lo que puede ser socialmente decidido” (53). Como consecuencia, la oficialización del “Proyecto Oliva” tiene como único resultado una politización efectiva de las masas proletarias, las que participarán en la definición del proyecto y debido a ello, se verán directamente beneficiadas de las medidas de aquél. Al respecto aclara el PNUD sobre el concepto de “politización”: “Aplicadas a campos diversos, las pugnas de politización, más allá de sus resultados, tienen el valor de volver posible la reinterpretación y reconstrucción de la estructura y el sentido del orden social dado. La politización es, entonces, una discusión sobre la estructura y las relaciones de poder al interior de la sociedad, y un cuestionamiento de los criterios de distinción y exclusión sobre los que se fundan” (53). La formulación del “Proyecto Oliva” se traduce en el primer paso de las políticas culturales del Gobierno Popular. La posterior expropiación de la biblioteca de incunables de Bruno Perthel constituirá el movimiento de reinterpretación y reestructuración de la osamenta cultural del país. Esto trae como consecuencia natural la puesta en marcha de las Bibliotecas Populares, la aproximación del pueblo a la lectura-audición de obras literarias y, naturalmente, el advenimiento de una contraofensiva por parte de las fuerzas oligárquicas, básicamente del afectado Perthel y de la práctica desestabilizadora del diario “El Monitor” (volveremos sobre el modus operandi de este medio de prensa en la novela).

Una vez establecido el “Proyecto Oliva” como mecanismo cultural oficial, el paso siguiente de descentramiento es el de situarlo en una nueva territorialidad, que como señalamos, será el escenario de La Gran Ciudad: “A la hora del té, a las cinco en punto de la tarde, las madres de La Gran Ciudad se asomaron a sus balcones colgantes para ver pasar la brigada ‘Cervantes’. Habían oído que sería la primera en entrar en acción y se dirigía ahora a tomar posiciones” (cursivas del autor) (Saavedra Santis 164). La intencionalidad de situar a La Gran Ciudad como espacio prístino de acción de las brigadas radica, desde nuestra lectura, en una intencionalidad descentradora, asumiendo desde luego que lo que se está ejecutando en la práctica es la construcción de un nuevo centro de propalación. Ahora bien, la lógica del descentramiento cultural y territorial rápidamente permea la efervescencia del pueblo, lo que hace recordar la explosión lectora que reseñara Amorós a propósito de Quimantú. Nos informa el narrador de la novela:

En la tarde siguiente de la Primera Jornada de Lecturas Populares, los bares de La Gran Ciudad fueron escenarios de inflamadas discusiones entre bebedores partidarios del Mío Cid y Don Quijote de la Mancha, entre los que imputaban la calidad del Licenciado Vidriera y los que defendían la impecable oscuridad de Don Luis de Góngora y Argote. Los balcones que colgaban de los cerros se estremecieron con las salvas cruzadas de las madres que encontraban de lo más romántico al Amadís y aquellas que preferían la desfachatez del Diablo Cojuelo. Las pacíficas normas de convivencia que caracterizaban la vida social de La Gran Ciudad se vieron alteradas por un leve hecho de sangre que al cabo de guardia de la 4° comisaría le costó trabajo ingresarlo al libro de partes. El hecho había nacido de la malhadada idea de la víctima de afirmar que el Lazarillo de Tormes era un niñito maricón si se le comparaba con el Cid que la seguía peleando después de muerto. Lo notable del caso fue que siguió afirmándolo con tres costillas rotas y la nariz hecha morcilla (170).

Como puede constatarse, el efecto suscitado por las Bibliotecas Populares implica, por una parte, la incorporación de la experiencia literaria a nuevos escenarios (La Gran Ciudad, los bares, los balcones de los cerros), pero por sobre todo la lectura-audición de obras literarias se filtra en la existencia de los sujetos al punto de diluir las fronteras entre lo factual y lo consignado en los libros: la literatura se convierte así en alimento del espíritu y promueve riñas en su defensa, primer ademán crítico que denotaría ya un sentimiento ilustrado en la línea reflexiva kantiana. Ahora bien, y en este punto Grínor Rojo es enfático, no es cualquier libro el que se adjudica esta prerrogativa sino uno en particular. En “Retórica y política en La Gran Ciudad de Omar Saavedra Santis”, artículo que forma parte del volumen II de Las novelas de la dictadura y la postdictadura chilena, así lo deja consignado: “Con más o menos claridad, el gobierno de Salvador Allende se percató de que una revolución en las cosas no era factible si no iba acompañada con una revolución en las conciencias y que el mejor medio para que esta última tuviese el éxito deseado era el libro y no cualquier libro sino el mejor: el libro clásico” (Rojo 52). De todos modos, y bajo la lógica del descentramiento, los ejemplos que hemos citado permiten un acercamiento a la tesis de la ilustración y la lectura literaria como práctica de emancipación, la cual se potenciará tanto más cuando exploremos las posibilidades de sentido de la literatura como insumo bélico.

Otro elemento en la novela que contribuye a la tesis del descentramiento es lo que desde ahora denominaremos como metonimización del libro y su sentido humanitario. En este punto, retomaremos lo que Helena Beristaín anotaba en su Diccionario de Retórica y Poética a propósito del tropo “metonimia” (ver introducción al capítulo 2 de esta segunda parte). Para nuestros efectos nos limitaremos a retomar la primera de sus manifestaciones, la que se subdivide en metonimias cuya relación causal puede ser “De la causa por el efecto” y “Del efecto por la causa”. En cuanto al primer subtipo, resulta pertinente destacar la modalidad “Autor por su obra”, mientras que en el segundo la manifestación “Instrumento por causa que lo activa” adquiere tanta o incluso más relevancia que la primera. Consignamos ambos subtipos porque, en una primera lectura, los jóvenes recitadores parecieran mimetizarse con los libros que declaman y, solapadamente, se constituyen en sus autores. No obstante, una segunda lectura conlleva a concluir que el dispositivo que se despliega es el del instrumento por la causa que lo activa, pues desde esta óptica se torna comprensible una perspectiva humanitaria o fraterna de aprehender el saber literario:

De pie sobre la pisadera, el chofer Oliva voceaba el nombre de los destinatarios y agregaba los recados orales de los remitentes:

– Dos cartas para Eugenia Grandet y que no se olvide de tomar las tabletas rojas, dice su mamá, una en la mañana y otra en la tarde – voceaba Oliva, orgullosamente impersonal –. Una cajetilla de Ópera para Ulises de parte de su abuelita, pero que no le cuente a su papá. Un par de calcetines de lana y una carta para Pietro Aretino. Cinco pesos y una medallita de la Virgen del Carmen para Hijo de ladrón. Siete esquelitas rosadas con olor a jazmín para Don Quijote y que no se olvide lo que prometió. Un tarro de manjar blanco y una postal para la Peste. Un jabón Flores de Pravia y dos cartas para Cyrano de Bergerac. Un paquetito lacrado para Desolación, y que no le convide a nadie, dice su mamá. El cepillo de dientes que olvidó Pérez Jolote. Una cartita con muchos cariñitos para Prometeo de parte de ya sabe quién… (Saavedra Santis 245-246).

Según la planificación del “Proyecto Oliva”, cada joven debe memorizar un libro clásico y recitarlo al pueblo iletrado. Debe recordarse también que dichos jóvenes trabajan de modo voluntario pero al hacerlo adquieren una responsabilidad con el Gobierno Popular y, naturalmente, con la ciudadanía. En otros términos, por medio de esta práctica los declamadores asumen un compromiso con el pueblo en términos de una acción abnegada. Desde este momento, dejan de tener una identidad individual ante las demandas de la masa ignorante y ponen su existencia al servicio superior de un proyecto colectivo. En este sentido, el empleo de la metonimia como artificio poético implica un sentido comunitario de entender el saber, distanciado de cualquier connotación mercantilizada. Así lo explicita Oliverio Sotomayor en la Casa de los Ministerios, con motivo de la celebración de una conferencia de prensa a propósito del proyecto de las Bibliotecas Populares: “Yo creo que la literatura puede y debe ser un factor de acercamiento entre los pueblos” (206). Y posteriormente enfatizará: “Porque nosotros creemos que la cultura debe ser administrada democráticamente para todos, no como una hacienda o una elegante casa de remolienda, si me permite la expresión” (207). Asumiendo que el objetivo del proyecto cultural del Gobierno Popular en la novela, como el de Quimantú durante el gobierno de la Unidad Popular, es el acceso al libro, en la novela éste se nos presenta concebido como un instrumento de fraternidad, de acercamiento entre los hombres, en contraposición a una concepción del libro como mercancía a la que sólo puede acceder quien pueda comprarla. Por ello, quienes serán los encargados de materializar el proyecto de las Bibliotecas Populares son los jóvenes, a quienes les asignamos el sentido alegórico de la vida y el aprendizaje, cuyo trabajo voluntario ratifica la tesis de una literatura para todos, entendida ésta como alimento del espíritu y no como bien suntuario. Para cerrar este segmento, resulta relevante en este sentido contraponer la perspectiva humanitaria del saber literario en la novela, y por extensión de la cultura, con lo que ocurrió en la fase dictatorial. Grínor Rojo, en “Campo cultural y neoliberalismo en Chile”, se percata de la estrategia mercantilizadora que, unida a la censura y la persecución de las ideas durante el régimen pinochetista, inhumó la noción fraternal de la cultura y el saber, lo que desembocó en “…una entrega de la cultura al mercado desprovisto de cualquier simpatía para con las banderas nacionalistas que los generales enarbolaban con su ruidoso denuedo, dios incuestionable en la teología globalizada que se puso de moda desde el segundo lustro de los años setenta cuando la empezaron a ‘pasar’ desde un par de universidades de los Estados Unidos los asesores económicos de la dictadura” (Rojo 45). Como puede vislumbrarse, el contraste es evidente, al punto de que otro de los crímenes que la dictadura perpetró fue el de aniquilar el legado cultural de la Unidad Popular. En este sentido, la crucifixión de los libros hacia el final de la novela es la mayor prueba de dicho aniquilamiento.

Situados en otro ámbito del examen de la novela, es muy sabido que la vinculación de las letras con lo bélico tiene larga data y para acceder al tópico debiéramos remontarnos a Garcilaso de la Vega y Miguel de Cervantes. Sin embargo, para ambos escritores el nexo entre las armas y las letras operaría de modos distintos. Para Garcilaso de la Vega, por una parte, el ejercicio de la escritura constituye un mecanismo de evasión, en el que el acto creativo suplanta al devastador trabajo de la guerra. Así queda constatado en su “Égloga III”, versos 37 al 40: “Entre las armas del sangriento Marte, / do apenas hay quien su furor contraste, / hurté de tiempo aquesta breve suma, tomando ora la espada, ora la pluma” (de la Vega 231). Para Miguel de Cervantes, en cambio, la escritura funciona como un dispositivo en el que entre las armas y las letras se produce una pugna por alcanzar la superioridad de la una por sobre la otra, brega de la que concluimos que armas y letras son objetos indisociables en la experiencia humana. En el Capítulo XXXVIII de la Primera parte de Don Quijote, el ilustre manchego no escatima en articular sus disquisiciones al respecto:

…dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de cosarios, y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus privilegios y de sus fuerzas (Cervantes 396).

Consideramos importantes estos antecedentes de la tradición occidental sobre el tópico pues dotan de sentido a la perspectiva ilustrada del saber literario que subyace en el acontecer narrativo de La Gran Ciudad. En este punto, aclaramos que en la novela de Saavedra Santis las armas y las letras no se identifican con un soldado letrado[5] ni operan tampoco de forma autónoma, sino más bien se asocian a la materialización de una guerra contra la ignorancia y su consecuencia inmediata: la acción sojuzgadora de una oligarquía que ha empleado la razón para ejercer la fuerza sobre un pueblo inmemorialmente nasciente. En otros términos, las letras serán desde ahora las armas del pueblo. De esta convicción emergen los argumentos de Oliverio Sotomayor:

La fase uno del proyecto contempla la creación de diez brigadas de veinte narradores cada una. Cada narrador memorizará diez obras maestras de la literatura universal, las que serán recitadas ante nuestros ‘lectores’. Igual que los cuentos de la abuelita a orillas del fogón, compañero presidente. Estas primeras diez brigadas operarán inicialmente en los centros más populares del país, en fábricas, mercados, plazas, poblaciones, hospitales, etc. En la segunda fase, crearemos otras diez brigadas de igual contingente y las desplazaremos en abanico hacia el campo. En etapas posteriores y escalonadas reclutaremos narradores hasta completar cuarenta brigadas en terreno y diez de reserva y en aprendizaje. Así lograremos tener en mil días, un arsenal de mil títulos (…). Es una guerra (…), lo ha sido siempre. Una larga guerra de viejas posiciones. Allá ellos y acá nosotros. Una guerra contra doscientos años de atraso e ignorancia. Ellos allá, arriba, y nosotros acá, abajo. Pero por primera vez en la historia, con mis libros daremos una guerra en la que no habrá víctimas sino sólo ganadores (las cursivas son nuestras) (Saavedra Santis 92-93).

La retórica de Sotomayor es concluyente: los términos “brigadas”, “contingente”, “reclutaremos”, “arsenal”, “guerra”, son parte del catálogo léxico de un sujeto que ha asumido el rol histórico del saber ilustrado como agente primario de la liberación de un pueblo sumido en la inopia. La lucha contra los doscientos años de atraso e ignorancia constituye, a nuestro juicio, la puesta en ejercicio de la consigna kantiana del “Sapere aude!”, en la que el pueblo, mediante la acción directa pero pacífica, se revela discursivamente contra una fuerza opresora que ha instrumentalizado el saber del hombre con fines esclavistas. Así, la polarización a la que alude Sotomayor, “Allá ellos y acá nosotros”, o “Ellos allá, arriba, y nosotros acá, abajo”, en la novela sufre una inversión mientras el Gobierno Popular rige el destino del país: por medio de la labor de las brigadas el sujeto trabajador, las mujeres amas de casa, los jóvenes, los analfabetos, etc., se abrigarán con el “Sol del saber”: “No siguió porque las letritas empezaron a bailotearle y a chorrearse con las lágrimas que le colmaban los ojos. Con la manita empuñada se golpeó varias veces en el muslo, felicitándose eufórico: ‘¡Lo logré por la gran puta, lo logré!’, repetía incrédulo mirando una y otra vez las palabras que le habían abierto la puerta y lo invitaban a pasar” (334). Este pasaje de la novela, correspondiente al momento en el que el obrero Samuel Leyva lee por primera vez, resulta especialmente emotivo en la medida en que lo abordamos como una conquista de la gestión de Oliverio Sotomayor y sus libros. La puerta que se le abre a Leyva alude, como se recordará, al slogan de Quimantú, “Una llave para abrir cualquier puerta”.

Por otra parte, esta pequeña victoria del obrero permite introducir una variante del tópico de las armas y las letras, pues si bien el accionar de las Bibliotecas Populares se justifica en una guerra contra la ignorancia y la opresión, al mismo tiempo se establece como ademán de resistencia a la violencia de la oligarquía y sus militares rastreros que buscan recuperar el poder. En relación a este aspecto los ejemplos en la novela son abundantes y permiten extraer algunas conclusiones. Nos centraremos acá en algunos fragmentos que dan cuenta del asalto al poder encabezado por Bruno Perthel y los generales de Estado Mayor Ugarte, Carvajal, Mergoza y Laughlin: “Desde hace tres horas el pobre Ugarte trata de tomarse el Palacio y no puede. ¡Ellos recitan! ¿Cuándo nos íbamos a imaginar tal cosa?” (357). El acto de la recitación se traduce en la novela como un gesto de rebeldía y resistencia. La difusión oral de la literatura en el pueblo es concebida, según hemos señalado, como arma y por tanto, bajo esta racionalidad, el sentido lógico es el de que la recitación de los clásicos sea capaz de contener la arremetida de los militares: “Hacía doce horas que los libros de Oliverio Sotomayor sembraban el pánico en la tropa. Sus textos estallaban como granadas de fragmentación entre las filas militares” (362). Sin embargo, ante semejante violencia las jóvenes voces sólo pueden resistir y gradualmente los libros pierden terreno. Cuando la empresa de los golpistas está a punto de zozobrar, la inteligencia perversa de Bruno Perthel se percata del mecanismo alegórico de resistencia y contraataca con un plan maestro: “¡Con cera, cabrones de mierda! (…). ¡Que el milicaje de asalto se ponga cera en los oídos antes de avanzar!” (365). La victoria de los golpistas se consuma luego de este movimiento de Perthel; de este modo, se produce la derrota definitiva no sólo en cuanto a la pérdida del poder político, sino del regreso a las tinieblas de la ignorancia. Grínor Rojo traduce la cera en los oídos como sigue: “O sea, no escuchar o, lo que para el caso viene a ser lo mismo, no leer [6]” (Rojo 66). Posteriormente deviene el encarcelamiento de los libros, a quienes se los hacina en el gimnasio de la Armada con “las manos atadas a la espalda y un parche adhesivo sellándoles la boca” (Saavedra Santis 388) como forma cautelar, para finalmente perpetrar el crimen mayor: “El auto avanzó con parsimonia de torturador, para que Oliverio tuviera todo el tiempo para reconocer a los crucificados que se extendían a izquierda y derecha de la carretera” (395). La crucifixión de los jóvenes recitadores da el golpe de gracia al proyecto humanitario de las Bibliotecas Populares, sepultando para siempre las posibilidades de emancipación del pueblo. De este modo, se impone la sordera de la ignorancia y el proyecto ilustrado de difusión de los saberes literarios es mutilado por la ignominia del poder.

Un último aspecto que nos parece importante abordar, al menos superficialmente, es la perspectiva antagónica que en la novela se esgrime mediante las interpolaciones de “El Monitor”, las cuales siempre aparecerán en cursivas como artificio, quizás, de una voz solapada que gradualmente remece la gestión del Gobierno Popular y de las Bibliotecas Populares. En este sentido, y en contraposición a la misión redentora de la literatura que hemos expuesto anteriormente, irrumpe en la novela la imagen de “El Monitor” como entidad difusora de las ideas y proclamas de la oligarquía, ideología encarnada en la figura de Alejandro Otero, Director de este medio de prensa[7]. En primer lugar, la gestión de “El Monitor” consistirá en desestabilizar permanentemente la labor de Oliverio y del Gobierno Popular. Como medio de prensa, ostenta las facultades para dislocar la estructura social y legitimar el accionar de los militares, a la vez que tergiversa los discursos y acciones del gobierno. Su principal rasgo distintivo es el uso que hace del lenguaje: la retórica grandilocuente de carácter salvacionista y patriótica que emplea, la cual se manifiesta siempre como cómplice de la oligarquía encabezada por Bruno Perthel, se articula también a un discurso que cimienta la práctica criminal de la reacción en la doctrina católica. Por otra parte, “El Monitor” también legitima un orden que será la justificación del inminente régimen dictatorial cuyo timonel será Galarza, ex General de la República y ex Mayordomo[8] de Bruno Perthel. Examinemos un par de casos en que lo anterior se manifiesta. Jesús Martín Barbero, en De los medios a las mediaciones. Comunicación, cultura y hegemonía, ha estudiado los mecanismos en que los medios de masas han configurado la realidad de las sociedades latinoamericanas. Concretamente, focaliza su atención en las relaciones que se establecen entre medios y masas en términos de cómo los primeros se transforman en los mediadores de la información que transmiten a los segundos, lo cual incidirá directamente en los modos de relación entre el Estado y la población. Como consecuencia, “…los medios tenderán cada día más a constituirse en el lugar de la simulación y la desactivación de esas relaciones. Y aunque los medios seguirán ‘mediando’, y aunque la simulación estaba ya en el origen de su puesta en escena, algo va a cambiar como tendencia en ellos” (Barbero 195). Consideramos que el resultado de esas relaciones, mediadas por la acción y la reacción de “El Monitor”, es lo que se produce en La Gran Ciudad por cuanto las relaciones entre Estado y masa se desactivan, y por sobre todo, falsean los discursos. En definitiva, se constituye en bastión de la simulación: “El mandamiento de esta hora es resistir civilmente los embates de la noche y luchar, con los medios que sean necesarios, por la victoria de la luz. Los hijos de esta tierra no están dispuestos a rendirse ante el Moloch de la incultura, aunque en esta lucha pierdan la vida. En la defensa de nuestro pasado y futuro, y en el combate por el presente, nuestros Leonidas y sus espartanos sabrán cumplir con su deber. ¡Que lo sepan los funcionarios de la maldad!” (cursivas del autor) (Saavedra Santis 173). Percibimos acá por sobre todo la configuración de un acto discursivo que desactiva una fe en las fuerzas del Estado y su defensa de las conquistas del pueblo. La retórica patriótica salvacionista es evidente, pues al homologar a Leonidas con “los soldados de la Patria” apela a un tumulto de consciencias débiles que, bajo las premisas ilustradas de Kant, se encontrarían en la minoría de edad y serían por tanto fácilmente domeñables. Esa salvación del “error de una doctrina equivocada”, el marxismo a principios de los setenta y “el maximalismo” en La Gran Ciudad, es a la que se referirá Tomás Moulian en Chile actual. Anatomía de un mito: “[L]a dictadura militar chilena se concibió a sí misma como salvadora de la identidad amenazada de la nación y como caso ejemplarizador, como el primer país que lograba derrotar al mal. Éste apareció encarnado en la Unidad Popular, tomando la forma más peligrosa, bajo la vestimenta del ‘marxismo de nuevo rostro’. Ese mal, cuya reaparición significaría el fin de la vida social ordenada por la ley natural y la desaparición de la propia fe, debía ser extirpado” (Moulian 172). Precisamente, éste es el discurso que esgrime “El Monitor” como medio de prensa para abogar por la salvación de la Patria y la intervención golpista. Asociado al dispositivo salvacionista, la justificación católica del crimen constituye un bloque complementario perfecto y, en ese ámbito, la retórica católica de “El Monitor” es especialmente eficiente: “Después de mil días de oscurantismo, resplandece otra vez en nuestra amada patria, el sol de la libertad y el derecho. Después de mil días de ignominia vuelven las golondrinas de la democracia a construir otra vez sus nidos en los límpidos muros de nuestra historia. Después de mil días de imperio del anticristo, retorna a nos la luz de la cruz” (cursivas del autor) (Saavedra Santis 377). Paradójicamente, el sentido que “la cruz” adquiere en este fragmento es doble. Por una parte, designa la labor redentora de Cristo y su mensaje, cuyos ángeles, los soldados de la Patria, se encargan de propalar por todos los recovecos de una Patria infestada de infieles prosélitos de ideas foráneas. Por otra, la cruz se instala como categoría semántica que alude a una acción punitiva, como los dos ladrones que fueron crucificados junto a Cristo. Ello explicaría, a nuestro entender, la crucifixión final de los libros. Nuevamente nos ilustra Moulian: “[L]a dictadura chilena adoptó el nombre del cristianismo para justificarse. Identificó la lucha contra el marxismo como un combate en nombre de Cristo y a nombre de la civilización occidental cristiana. Todos esos individuos se suponían orientados por el principio ético del respeto a la vida, y la empresa en su globosidad pretendía inspirarse en el derecho natural de inspiración católica” (Moulian 168).

Señalábamos también que la acción desestabilizadora de “El Monitor” se vincula además a un discurso legitimador de un orden, lo que en otros términos vendría a estatuirse en la instalación de una verdad unívoca. Es de tal relevancia la gestión de este medio de prensa que, como agente que administra la escritura y la difusión de un saber, allana el territorio al golpe de Estado que dirige Perthel. La excesiva pasividad del Gobierno Popular, amparada en una magra consciencia democrática que critica hasta el cansancio el segundo narrador de la novela, es en cierto modo sopesada por algunos representantes de las clases proletarias. Al respecto arguye la despejada racionalidad de Leyva: “– Pero no se preocupe, compadre, la gente sabe que “El Monitor” miente – quiso tranquilizarlo Oliverio [a Samuel]. – Es muy fácil hacer que la gente crea las mentiras, compadre – respondió Leyva (…) –, sobre todo cuando vienen escritas en blanco y negro. Tome por ejemplo sus libros. ¿Ve usted? Una mentira bien contada suena como verdad” (Saavedra Santis 228). La aclaración de Leyva es decidora y en ese precepto se justifica todo su gesto discursivo. Pero lo que nos parece en extremo relevante, insistimos, es el mohín facilitador de “El Monitor” como instrumento que, antes del golpe, opera desde ya como una suerte de voz oficial de lo que será el futuro régimen dictatorial. Sobre este punto anota Moulian: “Este saber en institución [el del terror como garante de la dictadura], instrumento de una revolución, se impuso anulando la posibilidad de expresión de otros saberes e instituyendo una ortodoxia, un sistema de protección de su integridad en cuanto saber emergente. En buena medida lo hizo excluyendo a los otros sistemas de pensamiento por constituir no-saberes y, a uno de los más potentes de la etapa anterior – el marxismo –, por constituir anti-saberes” (Moulian 187). La aclaración de Moulian nos permite comprender la inmediata persecución de los libros que ordenara Perthel en la novela, así como su encarcelamiento, enmudecimiento y posterior crucifixión [9]. El “yugo de la minoría de edad” vuelve, así, a ejercer su dominio.

Una razonable forma de concluir estas disquisiciones sería, tal vez, proyectar una reflexión sobre lo que La Gran Ciudad apenas esboza, pero que atendiendo a la realidad cultural del presente, es notoriamente desprendible de su lectura. Hemos intentado proponer un examen de la novela de Saavedra Santis en términos de las múltiples dimensiones que ésta imbrica sobre el impacto de la cultura en un momento determinado de nuestra historia. Si bien acá nos centramos en las posibilidades de la literatura en una sociedad mermada por la ignorancia, lo cierto es que sus avatares son perfectamente replicables en el plano ecuménico de los saberes que le fueron vedados al pueblo hasta el momento de las políticas culturales de la Unidad Popular, cuyo proyecto ya documentamos.

En el presente, el desgaste de la complexión cultural de la sociedad chilena adquiere un tono apodíctico. Esto, como lo ha manifestado Lorena Fuentes en “El campo cultural chileno y la transición a la democracia: rupturas y continuidades”, se arrastra naturalmente de la guerra contra la cultura iniciada por el régimen pinochetista y el mantenimiento de tales prácticas en la fase postdictatorial. Fuentes arguye que “una de las consecuencias más dramáticas será la erosión de la diversidad y el pluralismo en la producción, circulación y consumo de las creaciones artísticas y culturales, diversidad que (…) no se recuperará con el retorno a la democracia” (Fuentes 172). Y luego aseverará:

Concretamente, la extensión de esta lógica se traduce en el sometimiento de las diferentes expresiones culturales a un rígido control político y administrativo por parte del Estado. Desde el momento mismo en que los militares ascienden al poder, comenzará la persecución, muerte, tortura, encarcelamiento o destierro de numerosos artistas, escritores, académicos e intelectuales. Además, se desbaratarán los espacios culturales existentes, mediante la intervención de las universidades, de las editoriales, de los medios de comunicación masiva y de todo tipo de institución ligada al campo. Paralelamente, se pondrá en curso un procedimiento estricto y sistemático de censura de todo aquello que fuera contrario al régimen o que acaso pareciera sospechoso, y que se expresará en la prohibición de obras plásticas, en la suspensión de montajes teatrales y exhibiciones cinematográficas, en la proscripción de grupos musicales, y en la restricción impuesta a la circulación y producción editorial (172).

Se suma a lo anterior el rol aletargador de la televisión y los medios de prensa, encargados de difundir el discurso unívoco u ortodoxo que el dictador y su mesnada pretenden con ahínco instalar en el país. Sin embargo, lo que ha traído mayores consecuencias al paupérrimo estado de la cultura en el presente (inaccesibilidad del libro como consecuencia de su gravamen, el desdén por la lectura que manifiesta la población nacional en su cuasi totalidad, la opción por la mercancía farandulera de dicha población, etc.) se deriva de un hecho que Fuentes anota con vehemencia:

La particularidad del periodo, entonces, es que el Estado hace absoluto abandono de su rol de agente cultural y coloca los aparatos de control al servicio de este desplazamiento, potenciando la preeminencia de los criterios mercantiles, la iniciativa privada y la inversión extranjera, e impidiendo todas las prácticas de resistencia que tradicionalmente habían ejercido los movimientos sociales, el sistema político, las organizaciones comunitarias y los propios artistas e intelectuales. Se abre así el camino para que, de manera cada vez más palmaria, la homogenización, la transnacionalización y la concentración de la propiedad se vayan perfilando como los rasgos distintivos de nuestras industrias culturales (cursivas de la autora) (175).

Si recordamos lo que sucede en las páginas finales de La Gran Ciudad, el objetivo de Perthel es el de desbaratar los logros alcanzados por las políticas culturales del Gobierno Popular: la persecución, encarcelamiento y muerte de los libros operará como alegoría de la maquinaria represiva y mercantil que adquirirá la cultura en el nuevo régimen. Como coda a este modus operandi, se descalabra el sentido humanitario del proyecto de las Bibliotecas Populares en cuanto no sólo la biblioteca le es restituida a Perthel, sino que este hecho constituirá un guiño que le revelará al lector, una vez más, la eterna identidad de los sujetos que administran el saber, cuyo corolario inherente es el poder ilimitado. En este punto, se produce el ineluctable des-descentramiento, y la literatura deja de ser considerada como un arma de resistencia y emancipación. La única salida posible pareciera ser una decisión desesperada que interpela al azaroso destino respecto de la redención de los libros. Les dice Oliverio Sotomayor a sus libros: “Escriban en un papel algún título de los que saben y échenlos en este saco. Osvaldo va a sacar los siete ganadores. Vamos a conocer las preferencias literarias del destino” (Saavedra Santis 352). Resulta particularmente desoladora la sentencia final del Director de Bibliotecas Populares. Los siete ganadores serán los que se redimirán del libricidio que ha echado a andar Perthel y será irónicamente Osvaldo, el ciego cantor de La Gran Ciudad, quien asignará las inclinaciones literarias del sino funesto. En ese pasaje la novela proyecta el devenir de la cultura en el régimen dictatorial, y creemos también que dicha proyección es aplicable a la etapa postdictatorial. Pareciera ser que, en este letrinoso escenario, e invirtiendo cruelmente las palabras de Neruda, la poesía sí habría cantado en vano.

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Notas

Este texto fue originalmente publicado en http://letras.mysite.com/cher231221.html

[1] La dimensión cultural ha sido una preocupación permanente en la trayectoria literaria de Omar Saavedra Santis. Ya nos referimos brevemente a este aspecto cuando estudiábamos la novela El último. Sin embargo, recientemente ha sido publicada su novela Magna Diva (2018), narración en la que el eje cultural primario es el dispositivo operático, el cual a su vez rige la estructura narrativa y permite deslindar a su protagonista, Adelaida Arias, la soprano más célebre del mundo, lúcidas reflexiones en torno a las artes y la mercantilización a la que aquélla es sometida en la postdictadura chilena.

[2] En el film El Profe (1971) de Mario Moreno Cantinflas, el actor mexicano interpreta a un excéntrico profesor metropolitano que es trasladado a un ignoto pueblo en que ha muerto su último maestro. El profesor recién llegado, Sócrates García, además del guiño evidente de su onomástico al filósofo griego, articula un discurso ilustrado para denotar el estado nesciente al que es condenado un espíritu al que el saber le es negado: “Como dice el Evangelio: ‘Hay que dar de comer, hay que dar pan al hambriento, pero no sólo de pan vive el hombre, cuando estamos desnutridos de ilustración’”.

[3] Dos extensos estudios que permiten comprender el proceso de la “vía chilena al socialismo”, del que La Gran Ciudad constituye un relato alegórico que analiza en perspectiva sus avatares, son los trabajos Fórmula para el caos. La caída de Salvador Allende (1970-1973) (2008) de Luiz Alberto Moniz Bandeira, y La Conjura. Los mil y un días del golpe (2012) de Mónica González. Ambas investigaciones permiten comprender, desde la perspectiva de otros dispositivos textuales (el historiográfico y el periodístico), el auge y caída del gobierno de la Unidad Popular.

[4] Es especialmente significativo, desde un punto de vista alegórico, que los jóvenes que recitan los libros al pueblo sean menores de edad. En la línea kantiana que hemos propuesto, pareciera ser que los jóvenes recitadores superarían la minoría de edad en la medida en que se hacen portavoces de la literatura del mundo. Sin embargo, esta minoría de edad que han superado en el plano cognoscitivo y crítico, mas no en el plano biológico, no los redimirá del crimen final perpetrado por Bruno Perthel y su cohorte.

[5] Muy por el contrario, la perspectiva que se transmite al lector sobre la imagen de la soldadesca es a todas luces colindante con la estulticia. Citamos a modo de ejemplo a los generales Galarza, Ugarte, Carvajal, Mergoza y Laughlin, aunque, siendo justos, a estos engendros habría que contraponer la figura de Bruno Perthel, propietario de la biblioteca más grande de La Gran Ciudad.

[6] El acto de ensordecerse con cera es homologable al espacio desde el que Bruno Perthel dirige el golpe de Estado: una biblioteca vacía.

[7] Para un estudio detallado de la trayectoria de la familia Edwards en Chile, desde el arribo al país del primero de esta prosapia, a principios del siglo XIX, hasta el último bastión del imperio económico de este clan, Agustín Edwards Eastman, ver la investigación de la periodista Nancy Guzmán Los Agustines. El clan Edwards y la conspiración permanente (2015). En este trabajo se rastrea el auge y esplendor económico de una familia siempre emparentada a los sectores del poder. Las secciones del libro dedicadas al papel desestabilizador de El Mercurio durante el mandato del Presidente Salvador Allende, bajo la dirección de Edwards Eastman, son especialmente decidoras en la medida que revelan toda la campaña de boicot político, económico e ideológico dispendiada por los Estados Unidos y la derecha chilena, campaña en la que El Mercurio operó como canal informativo para crear un ámbito histórico de incertidumbre, presente y futura, en la ciudadanía chilena de la época. Guzmán no sólo es especialmente enfática en dejar en evidencia los infundios e insidias de este medio de prensa a lo largo de su historia, sino también el tenor de impunidad en que Edwards Eastman vivió durante la dictadura, y sobre todo en la postdictadura. Así, por ejemplo, en Los Agustines… se puede leer: “El año 1991 Edwards había pasado de ser un católico del Schoenstatt a los Legionarios de Cristo y agradecía a Dios la tranquilidad de tener una vida ideal, su imperio periodístico en el mejor momento de su historia, sus hijos trabajando, empapándose del negocio familiar y el país rindiéndole pleitesía. Ya nadie se acordaba de sus acciones para derrocar al Gobierno de Salvador Allende, ni siquiera los ex colaboradores del Presidente lo cuestionaban públicamente, por el contrario, se rendían ante su diario. Tampoco había acusación alguna por su complicidad con las violaciones a los Derechos Humanos y nadie lo había perseguido por el salvataje económico con los recursos de los pequeños ahorrantes del Banco Estado” (Guzmán 233). Como se puede rastrear también en La Gran Ciudad, “El Monitor”ostenta aquellas prerrogativas, pues la impunidad imperante garantiza la cómoda movilidad de un sujeto como Otero, para que así éste pueda ejecutar su “patriótica” campaña de desestabilización.

[8] La asignación del poder al Mayordomo no nos parece casual y para ello remitimos a Casa de campo de José Donoso, novela en la que los padres, para recuperar la casa asolada por los niños y los nativos, encomienda a los sirvientes, encabezados por el Mayordomo, que impongan el orden por medio de la instauración de un aparato represivo que a la postre termina por aniquilar a los “usurpadores” del poder.

[9] El acto ajusticiador de la crucifixión de los libros alude a una alegorización de la persecución de las ideas y de las artes durante la dictadura cívico militar. En esta línea, dos producciones novelescas publicadas durante la postdictadura son Sombras que caminan (1999) de Carlos Cerda y El himno nacional (2001) de Fernando Jerez. La primera aborda la persecución al gremio de los actores durante el período en cuestión. La segunda narra, imbricados a las vidas de otros personajes, los actos de un contestatario pintor que por medio de su arte visual caricaturiza a Pinochet en la Plaza de Armas de Santiago.

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