Austerlitz (W.G. Sebald)

Austerlitz (2001)
Anagrama
ISBN: 9788433967817
W.G. Sebald (1944 – 2001)
296 páginas
Precio referencial: $11.000
 
La grandiosidad incógnita de la tempestad
es lo que eleva el ánimo del viajero.
Henry  David Thoreau
 
El segundo libro que reseñamos del escritor alemán W.G. Sebald, después de Vértigo (1990), esos cuatro relatos que parecen ser una novela o esa novela que parece fragmentarse en cuatro relatos.
En esta ocasión todo comienza en Amberes, Bélgica, en una estación de trenes donde el narrador divisa a un hombre rubio de mediana edad quien, con esa especie de inconfundible soledad y una mochila al hombro, hace anotaciones en una libreta. A primera vista, un ser interesante. Ahondando, un amante de los paisajes y la arquitectura de las ciudades, un fotógrafo fanático de los detalles, un ser angustiado por la tormenta difusa de su pasado, un extraviado en el congelamiento que otorga la confusión.
Como en las mejores historias, donde quien las cuenta no es el dueño del discurso sino que su objeto de observación, el narrador comienza a fundirse con su curiosidad hasta prácticamente perder su identidad, usando su tiempo para desvelar la vida interior del otro. De esto da cuenta el título mismo de de la novela, el nombre de este personaje que en busca de su origen expone a su oyente conocimientos diversos sobre la historia, la literatura, la filosofía y el arte, intercalando estas nociones —sin duda vitales— con ideas personales sobre la verdadera naturaleza del dolor, las ineludibles despedidas y el precio de sentirse un extranjero. Una amalgama que a cada encuentro de ambos, ya sea en cafés, en plena calle o en el calor de casa, despliega un caleidoscopio de anécdotas y tristezas atesoradas por décadas.
 

En eterno movimiento y arrastrando una mochila tipo explorador que mantiene hace tiempo, Austerlitz debe ser uno de los personajes más entrañables de la literatura actual. Poseedor de un don que necesita de escasas armas aquel de la contemplación continua va viajando de un país a otro observando cada minucia que le rodea. Ya sea en dicha estación belga, las vías de Inglaterra, las estaciones de trenes de Francia, los riscos de Gales o las oficinas estatales de la República Checa, este ser vive sumergido en una nostalgia que lo mantiene estático, como sin avanzar, trasladándose obsesivamente y sin echar raíces. Algo así como un témpano inquieto sobre un lago polar.
Al final, no quedaba otro remedio que resumir todo aquello de lo que no se sabía nada con la ridícula frase «la batalla oscilaba de un a lado a otro» u otra igualmente inepta e inútil. Todos nosotros, incluso los que creemos haber prestado atención a lo más mínimo, recurrimos sólo a decorados que se han utilizado con harta frecuencia en la escena. Tratamos de presentar la realidad, pero, cuanto más nos esforzamos, tanto más se nos impone lo que siempre se ha visto en el teatro histórico (…) Nuestra dedicación a la historia, según la tesis de Hilary, era una dedicación a imágenes prefabricadas, grabadas ya en el interior de nuestras mentes, a las que no hacemos más que mirar mientras la verdad se encuentra en otra parte, en algún lugar apartado todavía no descubierto por nadie.


Austerlitz es en su totalidad Austerlitz. Sus prolíficos pensamientos e ideas y su relación con el mundo lo son todo en estas páginas. Una fotografía roída con una inscripción en el reverso es el motor de recuerdos cuya narración inmediata no puede aguantar; el ángulo mínimo que posee un arco a la entrada de un edificio es un puntapié para dejarlo perplejo por varios minutos; las inquisitorias fachadas de un pueblo abandonado pueden devastarlo y quitarle el sueño por varias noches, porque cuando las contempla lo miran tan seriamente que parecen saber algo malo de él… 
Cuando nos despedimos en diciembre, habíamos convenido que, una vez más, esperaría noticias de él. En el curso de las semanas, dudé cada vez más de volver a saber nada, temí varias veces haberle hecho alguna observación irreflexiva o resultado desagradable de algún modo. Pensé también que quizá, siguiendo su costumbre anterior, podía haberse ido de viaje sencillamente, con destino desconocido y por tiempo indefinido. Si hubiera comprendido realmente entonces que para Austerlitz había momentos sin comienzo ni fin y que, por otra parte, toda su vida le parecía a veces un punto ciego sin duración, sin duda habría sabido esperar mejor.
 
         
 Resulta que la única meta de Austerlitz es su origen, el inicio de todo, su reconstrucción definitiva a partir del destino de sus padres, lo cual, al ser por fin encontrado, supuestamente cerrará el círculo y abrirá un universo de respuestas a las preguntas que ha impulsado consigo durante su existencia. Compuesto, al igual que
Vértigo, de texto e imágenes, y con no más de diez puntos aparte en casi trescientas páginas, este libro de Sebald es un maravilloso ejemplo de cómo la ficción puede transformarse en un ser humano que acabas de conocer y que quieres, algún día, volver a ver.
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