Todo lo que duerme en nuestro corazón desembocará un día en el mar (Ricardo Herrera Alarcón)

Todo lo que duerme en nuestro corazón desembocará un día en el mar (2020)

Ricardo Herrera Alarcón (1969)

Editorial Aparte

ISBN: 978-956-6054-12-2

162 págs

 

Reseña enviada por Tomás Morales Videla

En Chile no faltan los casos de escritores que, si bien llevan un tiempo considerable escribiendo, de la nada captan la atención de uno o varios lectores ajenos a los círculos en que éstos se desenvuelven (preferentemente fuera del caos santiaguino y las discusiones públicas) y sus textos empiezan a difundirse de manera más amplia. En el caso de Ricardo Herrera, encontré de casualidad dos de sus libros más recientes (Carahue es China, 2015, y Santa Victoria, 2017) en librerías de Santiago. Mi curiosidad también fue movida por la lectura de algunos de sus poemas en blogs de internet. Y ahora, poco tiempo después de haber leído ambos libros, Editorial Aparte publica una antología de su obra, Todo lo que duerme en nuestro corazón desembocará un día en el mar (2020).

Herrera lleva casi 20 años escribiendo poesía y a pesar de ello ha pasado casi completamente desapercibido. Salvo la generosidad y la lectura atenta de unos pocos, su obra no ha generado mayor atención, cosa que la presente antología viene a solucionar de algún modo. De partida la organización del texto no obedece a un criterio cronológico, recurso tradicional (y hasta cierto punto agotador) de compilaciones de este tipo: se entremezclan poemas de toda su obra con algunos inéditos, armando un puente temático entre unos y otros sin que sea completamente obvio para el lector. Los textos se balancean entre la reflexión metaliteraria y la emotividad con suficiente destreza para no inclinarse por una faceta exclusivamente. No ser en extremo meloso ni en extremo frívolo en la configuración de imágenes. Así, mientras reflexiona sobre el amor de pareja o fraternal y su fragilidad vital no es raro encontrarse con versos que demuestran una extrema conciencia sobre el oficio. Pero más que generar una separación delimitada de estos ámbitos, como podría ocurrir a veces con Enrique Lihn, hay momentos en que ambos se entrecruzan y crean algunos de los momentos de mayor carga emotiva del libro. En “Para mí” se lee:

Para mí los poemas son un amigo

que se arregla la bufanda y dice que no piensa

matarse todavía para mí los poemas son una amiga que

cruza las piernas y enciende su cigarrillo observando el

remolino en la mano de la trapecista para mí

(144)

Prescindiendo de la puntuación, la voz intenta revelar que la vitalidad es el punto más crucial de la lectura (o la escritura) de poesía. Imágenes de alegría, dolor extremo, tranquilidad y erotismo se enlazan una tras otra, como una persona intentando describir el poema sin llegar a una definición unitaria, balbuceando enunciados con una fuerte presión en el pecho. Las sensaciones más extremas de la vida configuran la escritura y se impregnan en ella. En contraste, en “La idea es trabajar la estética del chorreo” se lee:

La idea es trabajar los campos y animales con la estética del chorreo

sin cosa social o reflejo

si todo se apuna, bien

si algo reconocible sale a flote, mejor

(21)

Aquí la concepción sobre el poema resulta más formal, menos emotiva. Y si bien la asimilación entre la poesía y la pintura no es un tema necesariamente original, la voz en este caso se decanta por una écfrasis menos metódica, más “acelerada” e instintiva. La asociación inmediata que viene a la mente es la obra del estadounidense Jackson Pollock, pero en este caso recontextualizada en la ilustración de paisajes rurales. Así, Herrera demuestra una gran habilidad de mezclar y reordenar imágenes de varias fuentes para armar textos donde cada aspecto en sí puede ser reconocible, pero en la unidad configuran un ente abstracto (o con cualidades abstractas). Esta última descripción podría parafrasearse con el rótulo de “surrealismo”, y ciertamente las características de aquella estética se encuentran presentes, pero trabajadas con extrema consciencia del mundo que rodea a la voz y de sus normas, sin opacar innecesariamente los significantes.

Luis Riffo en el postfacio que acompaña al libro señala que el gran tema que subyace a la escritura de Herrera, que aparece de distintas maneras, es el fracaso: “El fracaso del poema y de la vida, el fracaso político o la decepción frente a los proyectos utópicos a través de un escepticismo radical” (152). Y efectivamente, la voz poética adquiere un cinismo irremediable ante las circunstancias que afectaron a su propia vida y al país entero. La configuración de un relato en torno al gobierno de la Unidad Popular y cómo éste se ha convertido en una farsa de sí misma aparece de manera intermitente en algunos de los poemas del libro. En “Fui a una charla” se narra la historia de un hombre que asiste, valga la redundancia, a una charla conmemorativa sobre el gobierno de Allende. Empieza impresionado por la claridad e inteligencia de los obreros que aparecen en videos de la época y termina, en cierto modo, decepcionado o desencantado con el resto: “Lo que se habló más tarde fue lo de siempre:/ La utopía de un socialismo a la chilena, sin dictadura del proletariado ni presos políticos/ con libertad de prensa, en paz, sin muertos (…)” (94). Al final el hombre regresa a su casa y sueña que va en un tren junto a su padre dirigido hacia el infierno. El relato empieza y concluye en un fracaso total: la realidad que no fue y la pesadilla que asemeja a la realidad que terminó por asentarse definitivamente. En otro poema, “Uvas pequeñas y pasadas”, se asemeja la putrefacción de una fruta y la evolución de las siglas de la Unidad Popular, dos letras que decantan en otras siglas, otros significados más vitales: “ver a la up en minúsculas/ como un happening. Así lo analizamos en un simposio que no dejó huellas/ en Punta de Tralca, por los noventa (…) UP siglas de Universidad de París/ Unión Patriótica/ Unión de Putas Pitucas y/o Proletarias” (124). Lo que antes podría haber tenido una carga de esperanza y virtud ahora se reduce a una serie de juegos de palabras sin mayor trascendencia ni significado. Transformar dos letras en otras cosas como los deseos de una fruta en descomposición. El ejercicio de Herrera podría asimilarse al tono pesimista de los poemas de José Ángel Cuevas, pero menos reverente hacia la nostalgia del pasado y el derrumbe forzoso de aquella imagen idílica.

La realidad sociopolítica, la metapoesía y el surrealismo como método y no como rótulo aparecen entremezclados de manera casi natural en estos poemas, y la decisión editorial de no hacer ningún tipo de división cronológica colabora a entregar esa impresión. También, como podría asumirse un poco más arriba, predominan referentes de la naturaleza por sobre lo urbano, y considerando lo anterior el enlace más directo podría ser la poesía lárica, otro rótulo que ha sido utilizado por algunos para caricaturizar e ignorar las poéticas provenientes del sur. No obstante, el autor no necesariamente reniega de esta etiqueta, pero sí evita la idealización de su figura como poeta alejado del “centro”. En su ensayo “El hombre invisible”[1], Herrera anota: “Elegí la provincia como quien elige un destino, casi sin opciones. No voy a vender el cuento de que fue una opción. Al menos en mi caso. ¿O lo fue? No lo tengo claro. (…) Pero tampoco nada bucólico, nada Guy Cadou. Recuerdo cuando arribé a Nehuentúe a traficar clases por primera vez, recién entendí a cabalidad la poesía lárica, con esos gansos que me perseguían por las calles, las vacas en la plaza, los bares a la orilla del río, el pescador bebiendo su aguardiente frente al temporal recién nacido. Me quedé y desde acá proyecté mi escritura (…)”. Aterrizado en la realidad de la única manera que ve posible, Herrera se decanta por una invisibilidad voluntaria, y con ello construye una de las obras más interesantes del último tiempo.

[1]     https://revistaelipsis.org/2020/06/11/el-hombre-invisible-por-ricardo-herrera-alarcon/

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