Cuando fumar era un placer (Cristina Peri Rossi)


Reseña remitida por: María Candel
 

Cuando fumar era un placer (2003)
Cristina Peri Rossi (1941 – X)
Lumen
ISBN: 9788426445926
199 páginas

Precio referencial: €15

Dejar de fumar fue tan difícil como dejar de amarte.
Hace ya bastante tiempo, en el día de mi cumpleaños, decidí dejar de fumar. No fue un arrebato,  ni una decisión inmediata, hacía tiempo que lo estaba pensando, sobre todo, cuando prendía un cigarro y me asediaba de inmediato, un sentimiento de culpa que me dejaba en un estado de preocupación y malestar, hasta que un día, se volvió una carga demasiado pesada de llevar, con la que se hace necesario romper, y de un solo tajo.
Quizás en recuerdo de los buenos tiempos, al ver el libro Cuando fumar era un placer de Cristina Peri Rossi, uruguaya radicada en España, quedé enganchada a esa imagen de la portada: unas manos femeninas cuidadas y elegantes que sostienen un cigarrillo con deleite, manos blancas que parecen salidas de la oscuridad, del anonimato, como queriendo reclamar un espacio propio.
Peri Rossi, exfumadora empedernida, relata su amor y fidelidad al cigarrillo por décadas. No fue esteun amor tormentoso ni culposo, más bien fue gloriosa esa relación en cuanto a gratificaciones inmediatas, de esas que calman y acompañan a las psiquis que, como la de los niños, necesitan de su rápida recompensa para funcionar satisfactoriamente.
La escritora hace un recuento documentado y ameno de la historia del tabaco. Entre otros, cita a Cabrera Infante, sabedor de chismes históricos y anécdotas interesantes, como por ejemplo, la introducción del tabaco en Inglaterra por Walter Raleigh, el aventurero y admirador de Isabel I que después murió en la guillotina. Se supone que él lo trajo del estado de Virginia, o de algún país de América del Sur. De su libro Puro humotambién cuenta Cabrera Infante sobre las fábricas de tabaco cubano que eran inmensos hangares poco salubres en su mayoría, y que alrededor de 1865 se implantó la costumbre de leerles diariamente a los obreros, primero la prensa del día y después novelas, generalmente de corte romántico y de aventuras. Esta costumbre la introdujo un empresario de origen catalán, Jaime Partagas, y fue todo un éxito que luego se extendió a los distintos países donde se manufacturaba el tabaco.

 Una de las cosas que sorprende, es el vínculo tan intenso que hace entre el cigarrillo y la mujer, y de cómo la industria del tabaco después de la Segunda Guerra Mundial empezó a utilizar como reclamo a los actores de Hollywood, dada la gran influencia que estos ejercían como modelos a seguir, creando tendencias y marcando modas. Llegando incluso a suministrar tabaco gratis durante muchos años y a más de 200 estrellas, como Shelley Winters y Liv Ullmann entre ellas. Tenerlas y tenerlos enganchados a este habito era un seguro de promoción y de ventas.
 Así, se fue creando el estereotipo de mujer —independiente-seductora-inteligente—, era imposible no asociarlas al cigarrillo, a la bocanada de humo entre palabras ocurrentes y miradas sensuales, que atraían tanto como seducían.
Para el hombre, este hábito fue asociado a la rebeldía, riqueza y atracción sexual. Todos nos deleitamos con las parejas de Paul Newman y Joanne Woodward, Simone Signoret e Yves Montand, echando humo mientras discurrían y nos daban sus puntos de vista en conversaciones inteligentes y seductoras. Fumar era una prueba veraz de que te importaba poco lo políticamente correcto, sobre todo si eras mujer y se esperaba de ti recato y apego a las normas.
Fumar se hizo un ritual en nuestras vidas, estaba lleno de gestos especiales que nos daban una denominación de origen propia cuando prendíamos el cigarrillo, la manera de llevarlo a los labios, la marca elegida y a la que le éramos fiel a toda prueba, la hora favorita, y así, se fue construyendo una rutina que nos proporcionaba seguridad y bienestar, como a los niños sus horas sagradas de sueño.

 

Créditos: xxerezz

 

 En las reuniones tediosas a las que a veces se tiene que ir, el cigarrillo era el compañero ideal que acompañaba con una fidelidad envidiable: servía en determinados momentos de cortina y de aislante con la que pretendías hacerte invisible para dedicarte a fondo a observar a los demás, ocupación mucho más divertida la mayoría de las veces.
En la literatura hubo siempre grandes fumadores. Fumaban ellos y ponían a sus personajes a fumar con la misma afición y deleite. Hemingway, Sartre, Camus, Cortázar y Onetti, se fotografiaban con sus cigarrillos prendidos y la cámara, capturaba un momento de ese ritual diario que formaba parte importante de sus vidas. Algunos escribieron cuentos completos sobre el tema, como Julio Ramón Ribeiro con “Solo para fumadores”, o Cortázar con “Historias que me cuento”. También Francis Scott Fitzgerald con su última novela Light.
Creo que pasado el tiempo, llega un día en que se decide dejar de fumar por lo mismo que motivó su inicio: rebeldía ante lo impuesto y no escogido por uno, cuando se decide tomar las riendas para que no sean los otros los que determinen el rumbo que tomarán tus pasos, así sean equivocados o no. Por eso después, qué ironía, nos sentimos manipulados cuando nos damos cuenta de la esclavitud a la que nos llevó nuestros primeros principios de independencia. Nos queda una sensación de bienestar por haberle dado otra vuelta a la tuerca, pero también de orfandad, como dice Vicente Verdú: “Tener una adicción es disponer de compañía. Dejar el hábito es quedar deshabitado, abandonar una habitación, quedar a la intemperie”. 
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